Bueno, bueno. Ya sé que he abandonado esto como nunca debería haberlo hecho, pero tengo mis razones, o quizás no, simplemente vagancia, o pereza, o cualquiera de esos "deadly sins"...
En fin, que tampoco ha pasado tanto como para narrarlo diariamente: tiempo cambiante, he roto la lámpara de mesa de mi habitación, hace frío por las noches pero no encienden la calefacción, varios conciertos de clásica y de jazz, aquí hay para todos, ensayos, proyectos, conciertos a la vista en el próximo mes, reflexiones sobre una misma, he descubierto que en el super del barrio, uno al que aún no había ido, alquilan películas. Mamá e Ire, gracias por todo. Mi nuevo libro de gramática y vocabulario me mira desde la mesa, y los apuntes gritan desde dentro del ordenador. Los libros andan más contentos, saben que los voy leyendo poco a poco. La flauta... lucha diaria, muchas veces gano yo, otras me derrota totalmente. Pero Anja es positiva, eso ayuda, y la mejora está ahí, palpable, visible. Quiero y no quiero que llegue Navidad. No estoy hecha para rutinas aburridas, y eso que no vivo ni una rutina, ni estoy aburrida. Debo de estar como el tiempo, cambiante. ¿Sabéis que estoy invitada a una fiesta de Halloween? ¡En Finlandia! Todo por la party. ¿Y yo de qué me disfrazo? ¡¡Helena!!
Bueno, y a parte de este stream of consciousness que me acabo de marcar, quiero narraros el pasado fin de semana, que ya está bien de postponerlo. El sábado nos levantamos a las 6.30 am para a las 7.30 am estar en la estación de trenes. Pero la estación de Pasila se puso en contra nuestra y no había trenes hacia el centro, y la ventanilla estaba cerrada, por lo que no pudimos comprar con antelación el billete a Mikkeli. Consecuencia: aunque el resto, Mia, su amiga, Mauro, Stefania, Pumu y Michele (un chico italiano nuevo que estudia Media) había colonizado un compartimento para nosotros, que éramos Nina, Christian y yo, tuvimos que pagar más. En fin... 3 horas de tren y estamos en Mikkeli, home town de Mia. En su casa, banquete de sandwiches, y con dos coches nos dirigimos hacia lo salvaje, carretera por en medio de los bosques, hasta llegar al lago (¡no me acuerdo del nombre!), donde habíamos alquilado una cabaña de verano en otoño para el fin de semana. El lugar, precioso. El lago, precioso. La cabaña, preciosa y muy íntima. Paseo por el bosque, a pasar frío. La verdad es que el otoño es verdaderamente una buena época para los paseos. Y a la vuelta... ¡sauna de verdad, de las de quemar madera y echar el agua para que el vapor te deje mareada un buen rato! ¡Qué experiencia, señores! 80º de calor, casi nada. Y después... cambio brusco de temperatura, 2º en el exterior y algo parecido en ¡el agua del lago! Sí, nos bañamos unas tres veces, con sauna por en medio, por supuesto. Alternando, como recomiendan todos los médicos. Es una sensación muy extraña, porque cualdo sales a la calle en pelota, literal, no tienes nada de frío, y vas corriendo al lago, tienes cuidado con el suelo medio congelado, te metes, no sientes nada por un segundo, y de repente mil agujas se te clavan por todas partes. Si eres capaz de aguantar y nadar durante 5 segundos más, empiezas a notar que el agua realmente está fría y tienes que salir. Lo mejor es entrar de nuevo a la sauna, porque no sientes calor, solo una sensación genial por todo el cuerpo. Y después, cena italiana y cervecitas hasta las tantas. Al día siguiente hacía solito y pudimos hacer la sesión de fotos de rigor, alguno volvió a probar la sauna... En definitiva, fin de semana perfecto de relax y en buena compañía.
Y este finde se presenta algo menos interesante, aunque es el comienzo de mi semana de vacaciones de otoño, eso que tienen todos los países excepto España, que no tiene más que mil puentes. ¿Qué os parece mejor? Besos de Ionorte desde Helsinki.

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